Un post-it en el suelo

Esta mañana, mientras caminaba hacia la estación de tren, he visto un post-it en el suelo con una sola palabra en mayúsculas. Me ha parecido que la reconocía y he vuelto para comprobarlo. Efectivamente: SAUSALITO. El post-it estaba medio pegado entre la calle y un folio morado en blanco, sucio y pisado. He dado la vuelta a esa hoja, esperando encontrar otro nombre, pero no ha sido así. Sólo ponía: «Frutas Almería. La fruta es vida».

Sausalito es un lugar de EE.UU en la bahía de San Francisco. En concreto, es el lugar donde vive Isabel Allende. Ella misma me escribió su dirección en una libreta, hace unos 13 o 14 años, cuando Arantxa y yo (ingenuas estudiantes de periodismo) nos colamos en una rueda de prensa y conseguimos que nos concediera una entrevista al acabar.

Fue una conversación íntima, con preguntas que eran apenas esbozos y respuestas con tono de confidencia. Más adelante le escribí a Sausalito una carta sin remite, en la que le daba la dirección de mi amiga Bea, para que le escribiera. Lo hizo. Bea siempre enseña una cicatriz en su dedo y dice: «esto es la carta de Isabel Allende». La recibió antes de ir a vendimiar y luego no se la podía quitar de la cabeza, estaba en babia todo el rato, le era imposible prestar atención, y entre uva y uva casi se lleva el dedo por delante.

Isabel Allende incluyó en su carta una postal para mí. Yo estaba en Inglaterra y Bea me la reenvió. Cuando volví a España, aquella postal salida de Sausalito, que había viajado a Oyón (La Rioja) y luego a Canterbury, era de mis bienes más preciados. Estaba hecha a mano, artesanalmente, y mostraba un paisaje compuesto por retales de diferentes colores. Podría ser una especie de «patchwork» en miniatura sobre cartón, y dentro la letra limpia y grande de la escritora, con el dibujo de una flor junto a su firma.

Ahora me pregunto dónde estará esa postal. En Vitoria, sí, en algún cajón. Quizás a mi madre le suene haberla visto. Nunca me acuerdo de preguntarle cuando nos vemos. Siempre voy con prisa, de aquí para allá, con la revista, con las amigas o con mi guapa. Volver a Vitoria es intentar huir constantemente de la persona que imaginan mis padres que fui. O quizás no. Quizás no imaginan nada y soy yo la que superpone imágenes, no tan distintas, pero sobre cuyas diferencias me empeño en poner una lupa: «¿ves? esto no cuadra, y esto tampoco, no puedes quedarte aquí», me digo a mí misma.

Y me marcho también con prisas, aun sabiendo que no tardaré en regresar, porque los lugares queramos o no siempre regresan, como esta mañana ese Sausalito lejano que me miraba desde el suelo.