Hacerse mayor

Me di cuenta de que me había hecho mayor el invierno en que se me ocurrió ir sola a la casa del pueblo. Era enero, hacía frío, tenía 26 años y estaba a punto de cumplir 27. Tuve que encender el fuego yo sola. Tras varios intentos con ramas pequeñas y papel de periódico, por fin lo conseguí con la ayuda de una piña.

Me senté delante de mi creación, y lo supe: ya era mayor de edad. Acababa de realizar lo que hasta entonces había sido una tarea exclusiva de mis padres, en la que nunca me habían dejado participar.

Ese mismo invierno las del bar comenzaron a hablarme de mi tía de la misma forma en que lo hacían con mi madre. Mi tía abuela tenía entonces 94 o 95 años (no había un acuerdo definitivo sobre esto) y seguía viviendo sola en el pueblo, con una salud de hierro y una memoria y un conocimiento envidiables.

Hacía doce años, a sus 84, mi tía pensó que no le quedaba mucho más de vida, así que rehizo la tumba de su marido (que llevaba muerto más de 30 años) y aprovechó para poner un panteón en el que se leía «Familia Yagüe Cisneros», aunque todavía no había ningún «Cisneros» allí enterrado. No era raro entonces oírle decir que había ido al cementerio a arreglar «su» tumba. A mi madre también a veces se le escapaba el comentario, cuando iba a limpiar la tumba de mis abuelos, de que ya puestos, pasaría el trapo por la tumba «de la tía». Pero la tía no estaba allí enterrada, seguía tan viva como siempre.

Sin embargo, los 94 o 95 años pesaban más de lo que ella quería admitir, y no era tan independiente como le hubiera gustado serlo. En su casa no había calefacción (como en casi ninguna otra del pueblo) ni agua caliente. Tampoco teléfono. Más allá de esto, para mí su principal problema era que se aburría mucho, porque a ella le encantaba conversar, y en invierno no tenía vecinas con quien hacerlo (en total en el pueblo en los meses más fríos no habría más de 30 personas).

Las del bar (el bar-tienda que servía para todo) eran las más cercanas, y se pasaban a menudo para ver qué tal estaba, pero no podían dedicarse en exclusiva a hacerle compañía. Yo las escuchaba como si les prestase verdadera atención, pero lo que realmente me daba vueltas en la cabeza es que en aquel momento yo era «la Nuri», y no «la hija de la Nuri». Llamarme igual que mi madre siempre me había hecho pensar que en cierta forma algún día me convertiría en ella, y ocuparía su mismo lugar en el pueblo. Y eso era lo que estaba sucediendo.

Cuando llegué a casa de mi tía, me dispuse a ocupar mi nuevo lugar: le ayudé a encender la estufa, barrí por encima la cocina, y subí con ella al dormitorio para hacer la cama. Al volver a la cocina, me pidió que le arreglara un poco las uñas de los pies: «Solía pedírselo a tu madre, pero ya que estás tú aquí»…

Definitivamente, me había hecho mayor.