Estar perdida

No puedes estar esperando a que te encuentren.

A los 5 años mi padre se olvidó de mí en la puerta del parvulario. Hacía frío y llovía (juro que de verdad era así, que no es un invento de la memoria) y la escena era como de película mala americana en la que el niño/a espera y espera y nunca vienen a recogerle mientras ve como el resto de compañeros sí se encuentran con sus padres. A mí me pasó exactamente eso, esperé y esperé bajo la lluvia, y nadie vino a recogerme. Al final, una profesora me vio allí, me hizo entrar, llamó a mi casa y mi madre vino a por mí (tendría que haber venido mi padre, pero se le fue de la cabeza).

Ahora, cuando lo pienso retrospectivamente, creo que fue en ese momento cuando se empezó a gestar en mí la idea de que estamos solos en la vida, y de que hay que saberse valer por una misma, porque quizás nunca nadie venga a rescatarte. Que no puedes estar esperando a que te encuentren, porque quizás nadie venga a por ti.

A los 13 años, hicimos una excursión con el colegio a los pirineos y también me perdí en mitad de un monte. Estaba distraída mirando cualquier cosa (todavía soy así) y cuando me quise dar cuenta ya no había nadie a mi alrededor. En vez de angustiarme, miré a uno y otro lado, vi que había huellas en el suelo y empecé a seguirlas. Así llegué al albergue y al autobús, y lo más curioso de todo es que nadie se había percatado de mi ausencia, y que el autobús estaba a punto de marcharse sin mí.

También en retrospectiva, creo que en ese momento empezó mi complejo de invisibilidad. Y no es que ahora yo me crea invisible, porque sé que no lo soy, pero a veces sí me siento perdida e invisible; sin embargo, no es una sensación pesada, al contrario, aprovecho ese lugar para analizar mejor lo que me rodea, para entender mejor desde esa posición de observadora mi mundo y el de los otros.

A veces es bueno perderse.