Mudanza hacia dentro

Yo siempre había estado de paso en todos los lugares. Ese «de paso» no se podía medir en tiempo, porque podía durar desde unas horas hasta varios años. Estar de paso significaba tener la maleta siempre abierta, la mochila a punto, las cajas a medio deshacer. Con un pie dentro y otro fuera, nunca me preocupé de crear un hogar: todos los lugares eran refugios provisionales.

Ahora, sin dejar el refugio de los últimos años, estoy haciendo mi primera mudanza de verdad. Es una mudanza hacia dentro, llena de cambios invisibles. Soplo el polvo de los libros, los muevo de lugar o los guardo en una caja. Reviso papeles, leo cartas antiguas, tomo aire, tiro muchas de ellas. Guardo para otro momento, inexplicablemente, billetes de avión, de tren, de autobús... que van apareciendo en las profundidades de las estanterías. Los meto con cuidado en un sobre y los dejo en una carpeta; sé que no volveré a ellos hasta la siguiente mudanza, y no sé si sobrevivirán entonces. Darles todavía un espacio parece absurdo, pero me resisto a tirarlos, como si deshacerme de ellos fuera también borrar todos los recuerdos que cuelgan de las fechas y destinos que muestran.

«Si tuviera espacio, tendría una habitación solo para recuerdos», me dijo no hace mucho una amiga. Sería una habitación llena de vidas pasadas, algo a medio camino entre los recuerdos saltimbanquis de los cronopios y la ordenada memoria de las famas. Supongo que, con el tiempo, cada vez entraríamos menos a ese reducto. No podríamos resistir grandes dosis de nostalgia, solo necesitaríamos pequeños pellizcos para no olvidar (o sorprendernos de) quien una vez fuimos.

Una vez fui una alumna de la University of Kent at Canterbury, lo demuestran los horarios guardados en una libreta que tiene más de diez años. Una vez viajé de noche de México D.F. a Guadalajara, lo dice un billete de autobús. Compré un mapa de carreteras del norte de Argentina, Paolo conducía y recogimos a una italiana que vivía en Florencia. En Toluca conocí a dos estudiantes de cine, me regalaron unas fotos de un rodaje. También viajé a Nicaragua, pero escondí bien los folios amarillos.

Y ahora viajo hacia dentro, me establezco, apuesto por mi guapa, con una sensación vertiginosa de velocidad mucho mayor que la de cualquier viaje anterior. No tengo ni idea de qué pasará, no sé hasta dónde llegaremos, ni el número de escalas, ni el de peajes. Todo está en blanco por delante. Solo sé que, por primera vez, emprendo este viaje acompañada.