El ojo

Hace mucho tiempo, escribí para el colegio una redacción en la que protestaba por la canalización del río de mi pueblo, que había convertido en una pista de cemento lo que antes era un manantial natural que surgía de una roca con cinco agujeros u «ojos». Precisamente ése era el nombre que dábamos al manantial, «el ojo», y allí solíamos ir de excursión río arriba las tardes de verano.

En esos paseos aprendí a que no me dieran miedo los sapos y culebras de río (algo que los niños siempre utilizaban para asustar a las niñas) y a seguir escrupulosamente el consejo de mi madre de que nunca hay que ir ni la primera ni la última. Si eres la primera, cualquier imprevisto te asaltará sin preaviso, y si eres la última, corres el riesgo de que te suceda algo y los demás sigan adelante sin que te dé tiempo a avisarles. Así que yo siempre marchaba en medio de la fila de críos. Más tarde también aprendí que ese consejo era válido más allá de la montaña.

Llegar a «el ojo» no era realmente difícil, sobre todo si el río estaba seco y solo asomaba ya cerca del manantial, aunque si había agua, por poca que fuera (el río nunca llegó a cubrir por encima del tobillo), a mí ya me parecía una gran tarea. Se podía ir desde la fuente vieja, río arriba, o bajar por detrás de la iglesia. Yo prefería ir por detrás de la iglesia, porque era una excusa perfecta para visitar esa parte del pueblo, que era un barrio desconocido. (Pensar en la palabra «barrio» dentro de mi pueblo, cuya superficie es quizás solo un poco más grande que la plaza Catalunya de Barcelona, provoca en mí ahora media sonrisa y sacudo la cabeza pensado que entonces el mundo tenía otra medida.)

Por aquel camino, se llegaba también al río, que luego había que seguir durante un buen trecho, pero antes se pasaba por una construcción cúbica de cemento -que nunca supe qué era-, sobre cuyo techo jugábamos a las casitas, dividiendo esa superficie lisa con hileras de piedras que dibujaban las paredes de nuestras habitaciones. Si había suerte y en el «pozo de los caballos» -un vado del río- había agua, también nos bañábamos allí después de jugar, aunque aquello no me gustaba tanto como disponer e imaginar la que sería mi casa.

Después pasábamos delante de un huerto, del molino, atravesábamos una vereda de chopos, cruzábamos el río por unas piedras y ya casi estábamos en nuestro destino. Lo primero que hacíamos al llegar (antes de la obra de cemento) era acercarnos hasta la pared de roca tanteando sobre unas piedras que siempre bailaban y beber agua de allí directamente con nuestras manos. Luego llenábamos nuestras botellas y cantimploras, y si habíamos llevado merienda, sacábamos los bocadillos. Después de la obra, coger agua era mucho más sencillo, bastaba con acercarse por un camino trazado a un caño que sobresalía de la pista de cemento, pero aquello no tenía la misma emoción y el agua nunca me supo igual de buena.

Ahora, que ya soy periodista -aquello que soñaba ser cuando era pequeña y salía de paseo y escribía redacciones- recopilo información sobre la mina de magnesita que probablemente contaminará todo «mi» río. Ahora, saboreo cada milímetro de ese agua que sale por el caño porque sé que se escurre entre mis manos y que no puedo desperdiciarla. Dentro de poco, quizás aquella obra de canalización -que hizo que el agua bajara con más fuerza a las casas directamente del manantial- no sirva de nada. Por inconcebible que nos parezca, empezamos ya a pensar en si algún día nos tocará beber agua embotellada. Ojalá que no. Ojalá que las tardes de verano no cambien tanto.