Lo raro que es vivir Barcelona

Vivir Barcelona. No es lo mismo que vivir en Barcelona. Hace mucho tiempo escribí que una vez, al abrir la puerta de mi piso con una llave esmaltada de colorines, me dije a mí misma: «Vives en Barcelona». Para entonces hacía unos dos años vivía allí, pero solo en ese momento era realmente consciente de ello.

El sábado estaba con mi guapa tomando un té helado en la cafetería de la Central del Raval y al ver la gente entrar y salir, los cafés, los libros... me volvió a invadir una sensación parecida. Porque la Central del Raval es Barcelona y yo, sin darme cuenta, me había convertido en una pieza más engullida, fascinada, perpleja por y dentro de la ciudad. La sensación de que soy parte de la vida diaria allí y la conciencia paralela de saberme extranjera.

Al escribirlo ahora, en un tren, en movimiento, con letra temblada -no temblorosa-, pienso en las raíces. Mis inevitables raíces en Soria y las que quizás empiezan por primera vez a crecer aquí. Siempre he llegado a todos los lugares como si fueran de paso. Con la maleta siempre por medio, sin terminar de deshacer. Durante mucho tiempo, mi trabajo (para el que solo necesitaba un ordenador y una conexión a internet) me permitía imaginar futuros intercambiables en cada uno de los lugares que visitaba.

A México viajé con intención de quedarme, a Nicaragua volví dispuesta a lo que surgiera, en Santiago de Compostela ideé rutinas literarias de piedra y lluvia... Mientras tanto en Barcelona cambiaba la capital por un pueblo costero, trasladaba libros y dormía durante dos años en una cama sin montar (se componía de un colchón sobre dos somieres sin patas sobre el suelo) porque «total, solo estoy de paso». La sensación de la casa siempre ha sido como de acabar de llegar de mudanza o de estar a punto de marcharse, sin saber muy bien cuál de las dos opciones es la más cierta.

Y entonces llegó mi guapa, con sus raíces catalanas, tan inevitables como las mías. Y ha ido pasando el tiempo de paso, y de paso, me he ido quedando. Perpleja, fascinada, descubro en mí pequeños brotes de nuevas ramas. Se confunden con las de siempre y temo tropezar entre unas y otras. Me dan miedo los laberintos, lo raro que es vivir Barcelona, ser cada día un poco más de aquí, los caminos sin brújula, encontrarla, perderla, perderme...