Nostalgias

El domingo me levanté tarde, desayuné tarde un té con galletas balanceándome en la hamaca de mi terraza, con música de piano de fondo, escribí un par de versos, regué mis plantas, pensé en la felicidad. Por la tarde, justo cuando estaba a punto de ir a la playa y me retrasaba sin saber muy bien por qué, me llamó Paolo.

Oírle era otra vez la nostalgia. Barcelona, el tiempo de entonces, irrecuperable. Oírle es también el presente, la personas que somos ahora y los lugares que habitamos. Yo estaba a punto de irme a la playa y él hace dos días todavía llevaba guantes.

Entre una cosa y otra, creo que olvidé decirle las cosas más importantes, como que llevaba toda la mañana pensando en Italo Calvino, que muchas veces recuerdo los barbapapá-cronopio, que me he apuntado a clases de italiano y que ya tengo el pelo larguísimo.

Mientras hablábamos, recibió una llamada de la familia Schiavello-Frías desde Argentina. Más nostalgia. Karina, Giusseppe, Paolo y yo acordándonos de los cuatro al mismo tiempo. No se pueden creer que no tenga instalado el Skype. Le dicen a Paolo (vía ordenador) que en Argentina están más avanzados que en España; él me lo transmite por teléfono. Yo respondo que sin duda alguna ellos están mucho más avanzados que yo en cualquier lugar del mundo; yo, la especialista en Internet, la mujer a un ordenador pegada, sigo siendo una conservadora: prefiero la carta al teléfono, el teléfono al Skype. Me río y les prometo que sí, que pronto me modernizo.

Paolo se despide diciéndome que tiene una pizza esperándole. Ummm. Echo de menos las pizzas, las pastas y el tiramisú de Napols 195.