Detalles cotidianos

Llegar al pueblo después de mucho tiempo sin haber estado allí. La ermita a 3 km, el castillo en lo alto del risco a 1, el cartel apedreado a la entrada del pueblo… Bajarme del coche con la mochila a la espalda, ver mi casa.

Retirar al tabla de la puerta (para los que no sean de pueblo: la tabla de madera que se coloca en el exterior de la puerta para que no entre en la casa la suciedad y sobre todo el agua cuando llueve; la tabla que cuando hay tormenta hay que apresurarse a colocar). Entrar en la casa en penumbra, dejar la mochila en el salón, subir la persiana de la ventana de la cocina con un sistema de cuerdas ideado por mi padre muy parecido al que ideé yo de pequeña para abrir y cerrar «a distancia» la puerta de mi cuarto. Leer una nota de mi madre: “esta es la llave del agua de la lavadora, para abrir girar a la izquierda”. Enchufar la nevera. Sacar la comida de la mochila y meterla allí. Dar el interruptor general de la luz. Coger una escoba. Salir y barrer mi puerta y mi trozo de calle. Saludar a las vecinas. Abrir la puerta del granero, agacharme para entrar y bajar los cinco escalones de piedra. Ponerme debajo de la claraboya y mirar hacia arriba. Mirar alrededor y sonreír pensando en este blog y en quien quiera que me lea ahora y me haya leído antes.

Subir por fin a mi cuarto. Dejar la mochila sobre una silla que fue de mi abuela. Sacar dos cuadernos y un libro y dejarlos sobre la mesilla heredada de mis primas. Retirar de encima de la cama una pitufina sin ojos horrorosa de plástico azul que mi madre se empeña en no tirar y ni siquiera trata de esconder. Tirarme sobre mi cama de colchón de lana de las ovejas de mi abuelo. Pensar que esta cama de aluminio y contrachapado, vieja y fea, completamente pasada de moda, es la cama que de verdad quiero compartir. Cerrar los ojos y pensar que sí, que algún día. Y mientras tanto, el placer de una soledad llena y ligera con la que disfruto cada gesto y cada detalle cotidiano.

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