Mirar por primera vez

Hacía tiempo que no me detenía a mirar las cosas a mi alrededor. Estoy sentada en la mecedora de madera que me traje de Nicaragua (objeto recurrente en estos escritos, pero al que en la vida real apenas presto atención, transformado en un aparatoso mueble con el que siempre tropiezo y que no sé dónde colocar en este salón modelo Ikea ya saturado de estanterías, sofás, mesas auxiliares, sillas y mesa de comedor, mucho más funcionales).

Mi hermano y una amiga cambiaron hace cosa de un año la distribución del salón, que ahora está dividido en dos por una estantería metálica en la que se acumulan libros en desorden, un equipo de música que se parece a una sandwichera, un elefante de peluche azul, amarillo y verde, algún juguete, incienso y unas plantillas. A un lado de la estantería queda la «sala de estar», con la tele, el sofá, un sillón y dos mesas con ruedas. Al otro lado queda el «comedor» con la mesa, las sillas y la caja de herramientas. Unas semanas atrás, coloqué la mecedora en un cuadrado que quedaba en la forma de L que hacen mis dos estanterías metálicas, la que divide en dos el salón y la que apoyada sobre la pared sostiene varias cajas de revistas. La dejé allí y no me preocupé más: por fin le había encontrado un espacio en el que no me iba a poner la zancadilla cada vez que saliera de casa.

Hoy me he levantado pronto, es un hábito que he adquirido desde que trabajo en una oficina y me veo obligada a vestirme todos los días y salir de las rutinas adquiridas durante los 7 años que he trabajado en pijama. Así que a pesar de ser sábado, a las 7.30 de la mañana ya estaba en pie. Me he preparado un té «Earl Grey Special», con bergamota y cositas azules, he lavado el plato y el vaso de mi cena solitaria de ayer mientras se calentaba el agua, y con el té ya listo -y mis galletas de chocolate- he pensado que sería buena idea salir a la terraza, pero amenazaba lluvia y el viento (que ahora sigo oyendo fuera) no prometía nada bueno. Ha sido entonces cuando he visto al mismo tiempo a pesar de estar en esquinas opuestas, un libro sobre el sofá y el rincón de la «silla abuelita».

A muchos les resultaría claustrofóbico sentarse en un balancín al que apenas se puede acceder y que parece estar aprisionado entre dos estantes metálicos y el conjunto de una mesa de cristal y las sillas que la rodean. He recordado los tiempos en que me escondía debajo de las mesas camilla o en un hueco que quedaba detrás del sofá. Eran lugares seguros, como lo era éste ahora. Cuando el reloj de la vecina (compañía diaria desde que me mudé aquí) ha dado las 9 he levantado la vista para mirar un poco alrededor.

Cuando se sale de un libro sucede que los objetos y las personas del mundo real, sin darnos cuenta, han cambiado. Ya se lo preguntaba Michael Ende: «¿Qué sucede en el espacio que queda entre un lector y su libro?» Nunca he sabido darle respuesta, pero en ese momento, observando el pequeño mundo de desorden controlado a mi alrededor, sentí que las palabras del libro habían escapado de él y se posaban sobre las cosas que me rodeaban, dándoles una textura diferente. La taza del té, los libros de poesía, las cintas de vídeo, los cables, el cargador del móvil... todo era como si lo mirara por primera vez, como si existieran precisamente porque yo los miraba por primera vez.

Sigo sentada en el mismo lugar, con el ordenador como cazamariposas, ingenua, pensando todavía en atrapar palabras, como si no se hubieran posado ya ellas sobre mí, y me hubieran dado esta mañana -y muchas otras- una textura diferente. Como si no existiera por primera vez, al mirar por primera vez.