El Boalo, 2008: Lo raro es vivir

«Estoy en Madrid. Acabo de volver de El Boalo». Éste debería haber sido el inicio de este post, si hubiera podido escribirlo «en directo», pero ahora estoy ya en Barcelona, así que contaré la historia en su orden cronológico.

El viernes por la noche fui a Madrid para poder asistir el sábado a una conferencia en Medina del Campo, que daba Guillermo Arróniz, amigo y colaborador de Iguazú, con el peculiar título de: «César Borgia en Medina del Campo. Su huida del Castillo de la Mota». La conferencia tuvo lugar en un marco único, en el dormitorio donde Isabel la Católica firmó su testamento, en el que se conservaban todos los muebles de la época, y Guillermo estuvo genial.

Pero volviendo al viernes, cuando ya iba camino de Madrid, se me ocurrió de forma repentina que podría aprovechar el finde para visitar El Boalo, el pueblo donde está la casa familiar de Carmen Martín Gaite y donde está enterrada. Hace mucho tiempo que he querido hacer esa visita, pero en ese momento lo sentí casi como una necesidad ineludible. El sábado por la noche (momento en el que además por fin conocí en persona a una de mis cuatro míticas comentaristas), ya sabía que había autobuses cada hora a El Boalo y que la comunicación con Madrid era muy buena, así que decidimos (las amigas en cuya casa me quedaba y yo) que iríamos de excursión con unos bocadillos a pasar el día y a ver aunque fuera desde el exterior la casa de la Gaite. Nuestro plan era coger el bus de las 11 de la mañana, pero nos lo tomamos con tranquilidad y entre una cosa y otra tuvimos que correr por el metro y por la estación para poder llegar al de las 12.15. Tuvimos muchísima suerte, porque el autobús salía tarde y así lo pudimos coger. Elenita comentó en ese momento «Nuri, ¿te imaginas que alguna de las viejecitas que hay aquí sentadas sea la hermana de la Gaite?» y yo, entonces, me fijé un una y le respondí «pues hay una que se le parece mucho, pero tampoco estoy segura». La señora en cuestión se había sentado en el primer asiento y nosotras nos fuimos hacia la mitad del autobús y desde allí la estuvimos vigilando durante todo el trayecto, con la idea de que si se bajaba en «El Boalo» (que era la última parada) tenía muchas papeletas de ser ella. Justo antes de que el autobús abriera las puertas en este pueblo, me acerqué al conductor (y a la señora en cuestión) para preguntar cuál de las dos paradas quedaba más cerca de la casa de Carmen Martín Gaite. La señora hizo un gesto de reconocimiento y yo le dije «Usted es Ana Martín Gaite», a lo que ella contestó que sí, con un movimiento de cabeza.

Nos bajamos juntas y se ofreció a enseñarnos toda la casa, desde la piscina y el terreno que la rodea, hasta el piso de abajo que era en el que ella vivía, y el de arriba, en el que vivía la Gaite. Cada paso y cada detalle que nos explicaba nos sobrecogía, nos sentíamos testigos excepcionales de un universo mágico. Al salir nos comentó que ella en realidad no vive en la casa de El Boalo, sino en Madrid, y que además, la habían operado de unas muelas el viernes y que incluso el sábado lo había pasado en cama con fiebre, pero que el domingo (el día en cuestión) se había levantado con la necesidad repentina de ir a la casa, y que como llegaba tarde al bus de las 12.15, había tenido que coger un taxi para poder estar a tiempo.

Le comenté entonces que yo también había decidido mi visita a última hora, que no entraba en nuestros planes coger el autobús de las 12.15 y que era increíble que hubiéramos coincidido en ese autobús, sobre todo cuando tampoco ella tenía previsto ese viaje. Nos miramos citando a la Gaite: «lo raro es vivir».

Como le dije a Ana, definitivamente, Carmen nos está guiñando el ojo, aún no sé por qué, ni para qué, pero lo está haciendo.

pd: Ana Martín Gaite es una abuelita activa y encantadora, fue amabilísima con nosotras, nos mostró fotos de sus padres, fotos de Carmen que yo había visto en los libros de literatura, se disculpó por no poder ir a comer con nosotras (le empezaba a doler mucho la muela), abrió un baúl y nos ofreció que cogiéramos el libro que quisiéramos (Elenita y novia fuero muy formalitas y rechazaron el ofrecimiento, pero a mí me faltó tiempo para abalanzarme sobre el baúl y ponerme a rebuscar entre los ejemplares, hasta que al fondo del todo encontré «La Reina de las Nieves» en una edición igual a la primera que yo empecé a leer -y que fue la que inició toda mi historia con la Gaite- y le pregunté si me lo podía llevar, a lo que contestó que no había ningún problema. Una visita increíble sin duda. Me dio su dirección de Madrid y le escribiré para agradecérselo.